Será Fouad Ali El Himma el rostro de la próxima etapa?
Por el Dr. Tarik Tlaty
El mundo vive hoy transformaciones profundas que están redefiniendo los equilibrios de poder e imponiendo un nuevo ritmo a las políticas nacionales, tanto de las grandes como de las pequeñas potencias. El contexto internacional es, cuando menos, convulso: las guerras abiertas se entrecruzan con conflictos latentes, mientras los cálculos estratégicos se entrelazan con los desafíos en materia de seguridad, economía y energía. En el corazón de este panorama turbulento, Marruecos se encuentra directa e indirectamente afectado por dinámicas que superan sus fronteras geográficas, pero que nunca dejan de influir en él.
La escalada militar y política entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán, por otro, introduce ecuaciones complejas en la región MENA. Si recordamos que Marruecos mantiene relaciones estratégicas con Washington y Tel Aviv en el marco del acuerdo tripartito anunciado durante la administración del presidente Donald Trump —acuerdo que consolidó la reanudación de las relaciones marroquí-israelíes y el reconocimiento estadounidense de la marroquinidad del Sáhara—, resulta evidente que cualquier tensión regional que afecte a uno de los polos de este equilibrio no puede sino tener repercusiones, directas o indirectas, en el posicionamiento del Reino y en sus cálculos internos y externos.
La política exterior de Marruecos no está desvinculada de su dinámica interna; con frecuencia redefine sus prioridades. Cuando cambian los equilibrios internacionales, se reconfiguran los discursos y las alianzas, y se pone a prueba la capacidad de las élites nacionales para interpretar el momento histórico con lucidez y responsabilidad. En consecuencia, las repercusiones de un conflicto o de tensiones entre estas potencias pueden influir en diversos ámbitos dentro de Marruecos, desde la gestión diplomática hasta la opinión pública, pasando por las decisiones económicas y de seguridad.
Esta sensibilidad se intensifica con la apertura de una nueva dinámica en torno al expediente de las provincias del sur, en la perspectiva de activar la iniciativa de autonomía como solución política al diferendo en torno al Sáhara marroquí. Este proyecto estratégico, respaldado por un número creciente de potencias internacionales, exige la unidad interna, la consolidación de un frente nacional sólido capaz de integrar las transformaciones en curso, preservar los logros alcanzados y proponer un modelo de gobernanza que, tras un acuerdo de principio, refleje la seriedad y la credibilidad de la propuesta marroquí.
Sin embargo, el desafío no se limita al entorno exterior; también concierne a la preparación interna. En las grandes fases de transición, la mera existencia de instituciones no es suficiente: se requieren élites políticas con experiencia profunda, capaces de combinar el sentido nacional con la competencia en la gestión, la comprensión partidaria con la visión estratégica. Ante los indicios que anuncian una etapa delicada en los planos político y jurídico, el debate sobre la naturaleza de la futura dirección gubernamental se vuelve legítimo y urgente.
El período venidero podría exigir un modelo gubernamental excepcional, ya sea en forma de un gabinete tecnocrático puro, de un gobierno de unidad nacional que combine tecnócratas y políticos, o de cualquier otra fórmula dictada por las exigencias del momento. Lo esencial no reside tanto en la forma como en la sustancia del liderazgo y en su capacidad para comprender la complejidad del instante histórico.
En este contexto, se hace sentir la necesidad de una personalidad con estatura de hombre de Estado, con sólida experiencia partidaria y política, capaz de tender puentes entre las instituciones, gestionar los equilibrios y contener las divergencias. Una figura como el Sr. Fouad Ali El Himma, respaldado por la experiencia política y organizativa que ha acumulado y por su conocimiento preciso de los círculos de decisión y de sus equilibrios, podría encarnar el perfil requerido para esta fase marcada por la prudencia, la serenidad y la anticipación.
Su nombre se impone así como el de una personalidad que ha capitalizado una experiencia significativa dentro del panorama nacional, vinculada a etapas determinantes en la reestructuración del campo partidario y en el fortalecimiento de la lógica institucional del Estado. Es reconocido por su capacidad para analizar las transformaciones con calma y profundidad, así como por su habilidad para construir equilibrios y formular enfoques que concilian realismo político y estabilidad. También es percibido como un hombre de Estado con experiencia en la gestión de expedientes sensibles, capaz de articular visión estratégica y acción sobre el terreno, con una marcada preferencia por el trabajo institucional riguroso, lejos del populismo y del ruido mediático. Cualidades aún más valiosas en una coyuntura que exige clarividencia, experiencia acumulada y un alto sentido de la responsabilidad nacional, al servicio de los intereses superiores del país.
Lo que espera a Marruecos en la próxima etapa no tiene nada de ordinario, ni en el plano político, ni en el jurídico, ni en el institucional. Nos encontramos ante transformaciones mayores susceptibles de redefinir prioridades, imponer reformas profundas y exigir una movilización nacional que supere los cálculos estrechos y las rivalidades coyunturales. Las naciones que logran superar los giros históricos son aquellas que saben leer su contexto, elegir con discernimiento a los hombres de la etapa y situar el interés superior de la patria por encima de cualquier otra consideración.
Así, la conciencia de la magnitud de los desafíos venideros constituye el primer paso para afrontarlos. Marruecos, apoyado en la profundidad histórica de su Estado y en la solidez de sus instituciones, es capaz de transformar las crisis en oportunidades, siempre que la voluntad política se alíe con la competencia del liderazgo y que el frente interno permanezca unido frente a un mundo que ya no tolera la fragilidad ni la vacilación.
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