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Tras el fracaso del separatismo: un mensaje claro a la opinión pública española

Tras el fracaso del separatismo: un mensaje claro a la opinión pública española

Durante años, una minoría ruidosa en España ha intentado presentarse como “conciencia moral” en el asunto del Sáhara, arrogándose una autoridad ética que ya no resiste el contraste con la realidad política ni con los hechos sobre el terreno. Hoy, cuando el proyecto separatista se encuentra políticamente agotado, esas mismas voces insisten en agitar un conflicto artificial que la comunidad internacional ha decidido superar.

Conviene decirlo con claridad al público español:
quienes se presentan como “defensores de los derechos humanos” en el Sáhara no están defendiendo derechos, sino prolongando un conflicto que ya no tiene viabilidad ni respaldo. Su discurso no busca soluciones, sino mantener una tensión permanente de la que dependen su visibilidad política y su supervivencia ideológica.

Las Naciones Unidas han sido claras y coherentes: la iniciativa marroquí de autonomía es una base seria, creíble y realista para una solución política. España, como potencia con una responsabilidad histórica en la región, ha terminado por reconocer esta realidad y corregir su posición. Frente a ello, ¿qué ofrecen estas voces marginales? Nada más que consignas gastadas y una retórica incapaz de adaptarse al siglo XXI.

Lo más preocupante no es su error de análisis, sino su silencio selectivo. Callan ante:

• la ausencia de un censo en los campamentos de Tinduf,
• la falta de libertades fundamentales,
• la instrumentalización de la ayuda humanitaria,
• y la negación del derecho de los propios saharauis a decidir libremente su futuro fuera del control de estructuras cerradas.

Ese silencio no es neutralidad: es complicidad.

Mientras tanto, el Sáhara marroquí avanza. No como un eslogan, sino como una realidad verificable: elecciones, instituciones locales, participación ciudadana, inversiones públicas, infraestructuras y estabilidad. Esta evolución desmonta el relato de quienes necesitan un Sáhara eternamente conflictivo para justificar su activismo.

Dirigirse hoy contra Marruecos en nombre de los “derechos” no es una postura ética, sino una reacción emocional ante una derrota política consumada. Cuando un proyecto fracasa, algunos optan por revisarlo; otros, por gritar más fuerte. Estamos claramente ante el segundo caso.

La sociedad española merece un debate honesto, no una repetición automática de consignas heredadas del pasado. Marruecos no propone una imposición, sino una solución de compromiso que garantiza dignidad, gestión democrática local y estabilidad regional. Rechazarla sin ofrecer alternativa viable es, en la práctica, apostar por la perpetuación del conflicto.

El mensaje es simple y directo:
Atacar la autonomía es atacar la paz.
Alimentar la tensión es alimentar la inestabilidad.
Y utilizar los derechos humanos como coartada política es traicionar su verdadero significado.

El Sáhara es marroquí,
la autonomía es la vía del futuro,
y el resto pertenece a un ruido ideológico que ya no representa a la España de hoy.

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